8/4/16

Zakay (Zaqueo)




Zakay (Zaqueo)
(Siglo I) Recaudador de impuestos yehudí que aparece en la Besorat de SILVANO 19:1-10.
"Yahshua entró y pasó a través de Yericho.
He aquí, un varón llamado Zakkai, el cual era el principal de los publícanos, y era rico.
Procuraba ver a Yahshua quién fuese; y no podía a causa de la multitud, porque era pequeño de estatura.
Y corrió delante, y subió a un eytz sin hojas para verle: porque había de pasar por allí.
Cuando Yahshua vino a aquel lugar, mirando, le vio,
diciéndole: Zakkai, date prisa, desciende; porque hoy es necesario que pose en tu bayit.
Entonces él descendió aprisa, y le recibió con simcha.
Y viendo esto, todos murmuraban, diciendo, esta entrando a posar con un hombre pecador.
Zakkai se puso en pie, y dijo a Yahshua, He aquí, Rabí, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, lo vuelvo cuadruplicado.
Habló Yahshua, diciendo: Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es beney-Avraham. Porque el Ben Ahdahm vino a buscar para salvar lo que estaba perdido;"

BIOGRAFIA
Zakay era uno de los recaudadores jefes con sede en el oasis de Yericó, cuyos palmerales y huertos producían abundantes frutos sujetos a la vigilancia y a la competencia del fisco. Judío de nacimiento, Zakay era cordialmente odiado por sus compatriotas a causa de su profesión, que lo colocaba entre los pecadores públicos.
Hombre de baja estatura, para ver pasar a Yahshua por Yericó tuvo que encaramarse a un sicómoro, y allí le sorprendió la benévola mirada del Maestro, que le dijo: "Baja en seguida, Zakay, porque hoy necesito parar en tu casa". La sorpresa del publicano, que en lugar de ásperas palabras oyó aquella singular invitación, está indicada en el relato evangélico por la prisa con que bajó de su árbol y por su alegría.
El hecho produjo la irritación de la muchedumbre, que acusó a Yahshua de entrar en casa de un pecador. Pero ni Yahshua ni Zakay hicieron caso de la calumnia y Zakay, en el umbral de su casa, antes de sentarse a la mesa, declaró su gratitud a Yahshua: "He aquí, Rabí, que doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si alguna vez defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo".
A la generosidad de Yahshua, que al proponerse hospedarse en casa de Zakay desdeñó los prejuicios de la gente que evitaba todo contacto con los pecadores públicos, correspondió Zakay con una generosidad verdaderamente heroica para quien su mismo oficio había hecho avaro e implacable, abriendo su corazón a un impulso de ahavah.

REFLEXION
VANIDAD/ORGULLO: Solamente hay dos maneras de superar esta vanidad, esta deferencia para con la opinión pública: orgullo o humildad. No existe una tercera solución. Fue la vanidad lo que hizo de Zakay un hombre pequeño, y lo que también a nosotros nos hace pequeños delante de Yahweh y del hombre.
La vanidad tiene dos características particulares; por un lado, la persona que es vana está enteramente subordinada a la estimación de los otros. Su propia conciencia calla ante la voz de la multitud. El juicio de Yahweh es desechado. Está muy lejos, invisible, discreto, mientras que la muchedumbre es vocinglera y arrogante, exige sumisión y conformidad. Esta sujeción a la opinión pública reducen la conciencia y el juicio de Yahweh a cero. Por otro lado, lo más humillante respecto a ella es que las gentes de cuyas opiniones dependemos no son precisamente las que respetamos.
La turba cuyo aplauso mendigamos, la que tememos y cuyo juicio nos da miedo, no es la asamblea de los kadoshim de Yahweh Elohe. Ni siquiera está constituida por gente capaz de emitir un juicio equitativo, de establecer valores verdaderos. Son gente cuyas opiniones, cuando las oímos de otros, nosotros mismos frecuentemente despreciamos; y, sin embargo, tememos su veredicto.
Pensamos en todas las cosas que hacemos en la vida con un ojo en la galería y pendientes de si se pensará bien o mal de nosotros. Si nos detuviéramos un momento, veríamos que la misma gente cuya opinión favorable o en contra nuestra espiamos, es gente que consideramos dotada de poco discernimiento. Y sin embargo nos acobardamos ante su decisión. Cortejamos su aprobación en un plano tan superficial, de una manera tan mezquina. Humildad es una situación en la cual uno está delante del rostro de Yahweh que ve y del hombre que es ignorante de ello; busca con toda naturalidad el lugar más bajo, como el agua corre espontáneamente al nivel más íntimo. Es estar enteramente abierto a Yahweh, abandonado, pronto a recibir de El-o de su mano o por mediación de otros hombres-, no proclamando nunca el humilde estado de uno mismo, porque no es rebajamiento sino simple permanecer delante de Yahweh con admiración, alegría y gratitud.
Este es el único medio que tenemos para librarnos del miedo a la pública opinión, de la subordinación que nos impide encontrar el coraje y la oportunidad para reformar nuestras vidas, puesto que hemos escogido los valores humanos como criterio nuestro. Tan pronto como nos hemos liberado de eso, nos quedamos a solas con nuestra conciencia, dentro de la cual suena libremente la voz de Yahweh, proclamando el juicio de Yahweh y capacitándonos para comenzar una vida plena y en libertad. Sabemos que podemos hacerlo y por eso no desistimos de hacer siempre el bien.

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